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organoLos medios de comunicación nos acercan, cada vez más a menudo, historias de luchas personales y familiares por conseguir ese órgano que no llega para prolongar la vida de seres queridos. Pero la problemática del transplante va más allá de la intervención quirúrgica oportuna y afecta al enfermo y su entorno, de maneras muchas veces impensables. Una investigación de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Córdoba, dirigida por María Elena Flores, intentó determinar cómo influye en los pacientes y sus familias el hecho de estar en lista de espera o el haber sido transplantados. Según la especialista, además de incidir en el círculo más íntimo, cualquiera de estas situaciones impacta directamente en el trabajo y en sus vínculos sociales. Para ello, entrevistaron a diez pacientes en edad productiva atendidos en hospitales públicos y privados de la ciudad de Córdoba y a sus familiares, y recurrieron a la Fundación para la Ablación y el Transplante (Fundayt), entre otras fuentes consultadas. “Este fue un estudio piloto que permitió obtener algunas herramientas para abordar mejor a estos pacientes desde la perspectiva del trabajador social, y plantear nuevos interrogantes de cara a futuras investigaciones”, asegura Flores. El estudio de esta problemática no es menor si se considera que, de acuerdo con el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai), actualmente más de 8.200 personas aguardan un órgano o tejido.

Trabajo y familia

Al indagar la dimensión del trabajo y sueldo percibido, las investigadoras encontraron que los pacientes que antes de enfermar se desempeñaban en relación de dependencia debieron iniciar los trámites de jubilación, en muchos casos anticipada o por invalidez, ya que no cumplían con los años de aporte o con la edad para retirarse. Esto les significó una reducción sustancial en el ingreso y la imposibilidad de reinsertarse laboralmente. “Sin embargo –señalan– era la mejor opción que tenían para conservar la cobertura social y mantener una remuneración estable, aunque no les alcanzara para cubrir las necesidades básicas”.

La directora del estudio agrega que, a la actual situación de precariedad del empleo, estos sujetos suman “el estigma de la enfermedad”, dado que las internaciones recurrentes y la vulnerabilidad psicofísica se alejan del prototipo de trabajador modelo.

El bolsillo familiar también se vio afectado por el hecho de que, en la mayoría de los casos, tanto los pacientes como sus cónyuges constituían el sostén económico del hogar. Al respecto, la investigación indica que los maridos y esposas de las personas que sufren esta problemática deben dividirse entre trabajar y sostener al paciente. Todos estos factores llevan a la familia a un proceso de empobrecimiento.